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martes, 13 de agosto de 2013

Recargando la Paciencia



Con frecuencia escucho –y me he escuchado– diciendo “no puedo más, estoy agotada, necesito vacaciones”, acto seguido nos largamos en una retahíla de situaciones que ciertamente, justificarían una larga vacación sin responsabilidades ni solicitudes.

Con frecuencia también he escuchado a personas decirme “es que tú tienes mucha paciencia” y la verdad no creo que sea así. Considero que lo que tengo es un objetivo claro: tratar de dar a mis hijos lo mejor de mí en cada situación, y cuando no lo logro, convertir ese momento en una experiencia de aprendizaje que nos sirva a todos para aprender cómo nos sentimos cuando nos desborda la carga y nos invade la frustración.

La paciencia es quizás uno de los valores más importantes involucrados en la crianza.  Se pone a prueba todos los días y también se desgasta todos los días.  La buena noticia es que al igual que un recurso natural renovable, la paciencia puede cultivarse y recargarse.  De ahí el título de este post.

Una vez que nos deslastramos de la culpa que con frecuencia acompaña a la crianza, y comprendemos que para que nuestros hijos estén bien debemos empezar por estar nosotros bien; la mirada al manejo de la paciencia cambia radicalmente hacia un enfoque más positivo para todos.

Creo fervientemente en la prevención y por eso considero necesario que los padres tomemos diariamente un tiempo para estar a solas practicando alguna actividad que nos estimule y nos de placer.  Cada quien identificará la que más le guste y esté en sus posibilidades de llevar a cabo, una vez detectado el medio, nos comprometeremos con nosotros mismos así como lo estamos con nuestro trabajo, nuestros hijos y demás responsabilidades. De esta manera y desde el deseo sincero de estar bien para poder brindar bienestar, respetaremos ese tiempo sagrado en que nos encontraremos con el placer.  Llámese gimnasio, caminata, meditación, aprendizaje de nuevo idioma, jardinería, baile, pintura; como quieran que sea pero que sea de encuentro con cada quien.  Verán cómo su reserva de paciencia se vuelve a llenar y están más disponibles para sus peques.

En esos momentos en que sientan que no pueden más y que se ha colmado su tolerancia, es mejor respirar y retirarse de la situación si es posible.  De esta manera también estaremos enseñando a nuestros hijos a hacer lo mismo cuando se encuentren en una encrucijada parecida.


Espero que estas líneas los inviten a reflexionar sobre el trato que nos damos a nosotros mismos y a decidir, a partir de ahora, dedicarnos un tiempo de calidad individual cada día por beneficio nuestro y de nuestro entorno.

domingo, 2 de junio de 2013

"Mi Propia Voz" por Carlota Zambrano


Pasa con la maternidad que al principio uno tiene voces prestadas. A veces son prestadas de otros momentos de nuestra vida, puede ser la voz de nuestras expectativas, o la de nuestras ilusiones muchas veces demasiado ingenuas… Otras veces son voces de otros que escuchamos y tomamos prestadas sin siquiera pedirlo pero que íntimamente reconocemos a la perfección: nuestra mamá, nuestra suegra, nuestra abuela o alguna amiga cercana… Buscamos referentes de éxito, nos identificamos y tomamos sus voces como nuestras. Son aquellas que escuchamos con mayor atención y seguimos sus consejos, sus ejemplos, sus enseñanzas…
Pasa con la maternidad que como experiencia es infinitamente reveladora y nos enseña muchísimo a velocidades estrepitosas… En la maternidad nos encontramos con nuestros miedos más profundos y descubrimos las más grandes alegrías al tiempo que maniobramos como podemos para mantenernos en equilibrio entre tantos cambios y avalanchas.
Pasa con la maternidad que un día nos damos cuenta que tenemos voz propia. Al principio parece muda y con ella comenzamos a pensar y analizar cosas de una manera antes desconocida, pero aún no nos atrevemos a decirlas en voz alta, no nos sentimos con suficiente autoridad o aun nos da miedo lo que piensen los demás de nosotras. Pero a nuestra voz es difícil mantenerla callada porque si lo hacemos ella encuentra válvulas de escape para igualmente hacerse sentir a través de nuestros actos y no pasa desapercibida para quienes nos ven ahora con una autoridad y confianza adquirida y manifiesta.
Pasa con la maternidad que un día encontramos una voz propia, y es una que nos caracteriza y nos diferencia.
Nuestra propia voz nos pertenece tanto como nos pertenece la maternidad, es un derecho adquirido en cada una de las noches en vela que pasamos y en cada llanto de nuestros hijos que consolamos. Se forma de cada abrazo y caricia que les damos y se fortalece con cada preocupación que superamos haciendo lo que creemos es lo correcto y lo mejor para ellos. Es una voz que surge de un amor infinito pero lleno de miedos y de allí toma fuerza para a veces gritar y salir robustecida cuando los temores pasan. Es una voz que aprende rápidamente a hablar bajito y a cantar canciones de cuna. En nuestra propia voz encontramos a veces sabiduría desconocida que incluso nos impresiona a nosotras mismas cuando sabemos qué hacer sin tener que pensarlo 100 veces. Es una voz que nos hace reír de amor y ternura y de una felicidad insospechada que proviene de nuestros hijos. 
Lo mejor que podemos hacer es conocerla y darle un lugar en nuestra vida de madres porque nuestra propia voz puede ser la mejor guía que tengamos, esa con la que siempre soñamos pero que no encontrábamos fuera de nosotras. 
Pasa con la maternidad que a veces aprendemos sin darnos cuenta y es así como un día descubrimos que no hace falta autoridad para poder hablar en voz alta y que nuestra voz se ganó ese derecho desde que se formó junto a nuestro bebé por 9 meses dentro de nosotras y así también nació ella en el momento que nos convertimos en mamás!
Carlota Zambrano
@criando_ando

jueves, 7 de marzo de 2013

Criar sin religión, ¿es posible?



Reflexiono en la forma cómo debía abordar este tema sin herir sensibilidades y sin atacar posturas (jamás será mi intención) y noto cómo nos enredamos en direcciones peliagudas creadas por la disyuntiva de creer o no creer.

Nosotros, los papás de Paula, no nos hemos detenido a pensar en la idea de "transmitir" una religión a nuestra hija. ¿La razón? Es que nos cuesta tanto trabajo a nosotros mismos comprender la idea de Religión. Por un lado está nuestra propia visión: Sí, hay un orden que equilibra este universo, existe el bien y el mal, pero están combinados en un equilibrio constante. Y por el otro lado están las costumbres religiosas: esas que vienen de generación tras generación.

No se puede llevar a la práctica una “Autonomía Moral”; decidimos como actuar y somos responsables de las consecuencias agradables y no tan agradables.

La idea de espiritualidad se evidencia, se manifiesta en cada uno de nosotros mismos; está dentro, no fuera: en el destello que se palpa en nuestras entrañas cuando abrazamos, cuando sonreímos, cuando somos altruistas, desprendidos, cuando somos generosos desinteresadamente, cuando contribuimos con este mundo, a que sea un mejor hogar para todos los que vivimos en él. Somos imperfectos. De todo lo que hay que aprender en la vida no veo lugar para la culpa, para el miedo al castigo, y no le veo sentido. Es justo para nuestros hijos tener la libertad de crearse su propia opinión de la vida, que esperamos sea basándose en la sana convivencia y en el respeto por sí misma y los demás. ¿No es lo que todos buscamos para ellos?

Creo que los valores y virtudes no son exclusividad de ésta  o aquella religión; más bien considero que son producto de nuestra naturaleza humana. Así que para apelar a éstos nadie que sea humano debería necesitar ninguna religión específica. Lo que sí realmente es vital es el amor. Y de esto nos sobra para con nuestros hijos.

Un niño necesita saber simplemente qué es lo que está bien y qué es lo que  está mal, recibir una formación en valores que principalmente está dada por el ejemplo de los padres. El respeto y demás valores (autoestima, autoconocimiento, autoimagen…) son aprendidos por el niño en proporción a la libertad que éste tenga de conocerse, de reconocerse, incluso de expresar su opinión dentro de su núcleo familiar y dentro de la sociedad que representa. La satisfacción personal y  darse con y para los demás, no lo alecciona una religión en particular. Esto hace parte de un aprendizaje natural del niño (sin estereotipos preconcebidos), éste que adquiere a través de sus relaciones con otros, con su familia, en su colegio y con todo lo que le rodea. Nos relacionamos unos con otros y eso trasciende en nuestra propia evolución como personas y en nuestra propia espiritualidad. Cuanto más y mejor nos relacionemos, de esa misma forma nos conoceremos y así con los que nos relacionamos, sus necesidades y sus pensamientos y cuanto menos condicionados estemos por prejuicios, mucho mejor para nuestra humanidad.

 

Tamara

Mamá de Paula

@tamaraporque